Ana Grandal es experta en construir trampantojos literarios. La sintaxis de Grandal otorga apariencia de realidad a lo que, en el fondo, es otra cosa: algo que el lector desvelará apartando la cortina que esconde el secreto. El trampantojo funciona como la sombra de una verdad oculta. Pero el juego de Grandal, como en Parrasio, va más allá del engaño; sus trampantojos tienen algo de perverso. La perversión, según Jacques Lacan, no se define por lo que hace el pervertido (sus extrañas prácticas sexuales) sino por la relación formal, indirecta, que establece con la verdad y la palabra. La estructura formal de los trampantojos de Ana Grandal es similar, pues oculta una verdad tras ella y, a la vez, ella misma constituye un engaño. Es mimética con lo que oculta. Con sus imágenes verbales y sus referentes culturales, Grandal imita algunos rasgos de la verdad, justamente aquellos que llevan al lector a intuir lo que parece ocultarse tras ellos. Como en el caso de Parrasio, Grandal no imita las uvas, sino el velo, la cortina que sugiere que hay algo oculto allí detrás. De tal manera que será la mente (perversa) del lector quien descubra el secreto, en tanto que, en el fondo, está familiarizado con él.

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