Concurso de historias de bicis

Rebelión en el pueblo

Todo empezó el primer día del verano. Los coches de la familia Sánchez, Muñoz y el de la boticaria aparecieron con los retrovisores arrancados, colgando mustios como una fruta galáctica demasiado madura. «Alguien que conducía borracho y no ha calculado bien», fue la explicación más sensata.

        Pero dos días después, todos los vehículos aparcados en la calle del Olmo amanecieron con los neumáticos reventados a cuchilladas. Saltó la indignación: «¡No hay derecho a esto, hombre!», «¡Es la obra de unos vándalos, seguro!». Algunas voces se alzaron, insinuando la formación de patrullas de vigilancia para pescar a los perpetradores, aunque nadie recogió el guante de la sugerencia lanzada por los más exaltados.

        Todo cambió la siguiente semana. Esta vez el escenario elegido fue la mismísima plaza del ayuntamiento. Aquellos que habían dejado estacionado allí su automóvil encontraron el parabrisas hecho añicos y desmoronado sobre el capó, como si un ser magnánimo hubiera derramado una lluvia de brillantes gemas que refulgían como un pequeño tesoro.

        Entonces, sí: hubo consenso. Los vecinos se organizaron en grupos airados, que bufaban de rabia por las calles nocturnas a la búsqueda de los asaltadores que habían osado profanar sus sagradas pertenencias. Noche tras noche recorrían incansables las vías del pueblo, alertas y con los ojos bien abiertos, acechando la oscuridad.

        No sirvió de nada. Cuando la flamante gasolinera recién inaugurada a la entrada de la villa saltó por los aires con un brutal estampido —que a poco le cuesta un infarto a más de uno—, todos se quedaron tan desconcertados que apenas atinaron a reaccionar: mudos, contemplaron inermes cómo se consumía el modernísimo establecimiento, las bailoteantes llamas reflejándose en sus caras de asombro.

        Fue como si esa gigantesca pira formara parte un rito pagano de expiación y redención, de liberación de las fuerzas desatadas por los acontecimientos que habían sacudido, durante el último mes, su tranquila vida. Y así, al día siguiente se abrieron cobertizos, desvanes y garajes atestados de cachivaches, y las gentes del pueblo fueron sacando las viejas y oxidadas bicicletas que habían arrumbado sin piedad en el fondo de sus trasteros, las compañeras de antaño que volvían a la vida, a la luz del sol y a la brisa mañanera.

        Nadie supo quién se escondía detrás de la mano que había causado los destrozos. Bueno, nadie… Ninguno de los recién recuperados ciclistas se percataba, al encontrarse con otro por la calzada, de los casi imperceptibles guiños y sonrisillas que se cruzaban sus monturas rescatadas: sus bicis habían ganado la batalla.