Concurso de historias de animales – Zenda

Una historia namibia

Cerca: Tengo sed. Me abraso de sed. El agua tan cerca y, al mismo tiempo, tan lejos. ¡Sed! Es mayor el peligro, el zarpazo mortal, la dentellada que arranca, desgarra, aniquila. El peligro espera a la orilla del agua. No puedo controlarme, necesito beber. ¡Necesito beber, imbécil! Cargo contra mi congénere, que con un movimiento nervioso de la cabeza ha dispuesto sus cuernos frente a mí para la batalla. No es una lid verdadera, tan solo descargamos nuestra frustración e impotencia. No puedo más. Me acerco al borde de la charca, solo. Despacio. Muy despacio inclino el hocico. La humedad me satura las fosas nasales, el frescor me enloquece. Peligro. Es mayor el peligro. Huyo.

        Más cerca: Queremos beber. Todas queremos beber, beber. Están ahí, al lado del agua. Tumbados al lado del agua. Por aquí, vamos juntas, no, por allí, todas juntas, no. No podemos llegar al agua. Si vamos juntas no podrán elegir, juntas somos todas, no somos cuerpos, no somos carne, no somos caza. Vamos todas al agua. Juntas somos valientes… pero no tanto. Queremos beber…

        Más lejos: Han olido la muerte. La muerte viva, que ha matado y mutilado, y la muerte muerta, destripada y masticada entre sus fauces. La muerte muerta no es de los suyos, no ven la piel de blanco y negro, la muerte muerta es toda oscuridad. No importa. La muerte viva acecha, la muerte viva se alimenta también del blanco y negro. La muerte viva no distingue: eso lo saben muy bien. Hoy ha caído uno de los otros. Ellas no se arriesgarán. El olor de la muerte es más fuerte que el olor de la vida. Inmóviles, aguardan.

        Antes: En la mañana, un grupo de cinco leonas ha abatido a un ñu junto a la poza. Comen parte de la pieza, sacian su sed, descansan junto al abrevadero, vuelven a comer. La presencia del depredador aterroriza a las manadas de herbívoros que, cada día, vienen a este lugar a beber. Los órix se mantienen a una distancia prudente, sin apartar la vista de las leonas, la tensión les vuelve agresivos entre sí y, a veces, empuja a alguno a aproximarse al charco. Las gacelas saltarinas se mueven en grandes grupos, intentando sin cesar alcanzar el agua. Las cebras, alertas y petrificadas, esperan en la periferia.

        Después: Pasan las horas. El drama se alargará, intenso y cruel, donde unos pocos poderosos son ajenos al sufrimiento y al miedo de unos muchos que, hoy, serán los perdedores.

        Aquí y ahora: Aunque no solo en Namibia hay leones.